![]() |
FRAILES DE LA ORDEN DE PREDICADORES HOMILÍA EN LA MISA DEL 27 DE JULIO
Creer en el Dios de Jesucristo, un solo Dios revelado a nosotros en tres personas, es para cada uno de nosotros, la oportunidad única de no sujetar la vida más que a un solo Dios. Creer en el Dios de Jesucristo, hace de nosotros seres libres, profundamente libres, en la medida en que aceptamos que es solamente tras de él, solamente tras de sí que caminamos, el camino de nuestra vida. Creer en el Dios de Jesucristo nos permite de esta manera vivir nuestras vidas al ritmo del Evangelio, el cual nos propone siempre un camino, que nos conduce a la divinización de nuestra propia humanidad. ¿Existe alguna otra experiencia más grande de libertad que ésta? No lo creo. Además, desde el instante de la creación, Dios hizo de nosotros una “buena tierra” para sembrar. Es verdad que, con lo fortuito de la vida, algunas situaciones dolorosas, heridas morales, fisuras del alma, nuestra tierra personal ha perdido quizás un poco su riqueza original. En algunos rincones de nuestro corazón, las zarzas han crecido, en otros, el terreno se ha convertido en muy seco, más rocoso, pero, siempre existe un lugar en donde la tierra ha guardado su frescor original. Se trata del lugar de Dios. Nos corresponde a nosotros encontrarlo donde sea necesario. Se trata únicamente, de buscar el camino trazado en nosotros por el Hijo en el Espíritu. Siguiéndolo, encontraremos de esta manera, no la sombra divina, sino la presencia del Padre en lo más profundo de nuestro ser. Una presencia que no se contenta solamente con un encuentro intimo sino que espera, que nosotros comprendamos la misión que nos corresponde, en el cumplimiento del Reino de Dios. Por definición, el Padre ha marcado el mundo con abundante siembra. Él siembra por todas partes. Pero, esta palabra ofrecida no puede encerrarse en sí misma. Está ahí para ser compartida y vivida a la manera como dejamos entrar el amor al corazón de nuestras vidas. En efecto, en la primera lectura, Moisés nos exhorta y nos hace recomendaciones, como en todo buen capítulo general. Jesús, en lo que respecta a él, nos invita a ser filógrafos. Para aquellas y aquellos que aún no hayan encontrado esta palabra, tranquilícense, Yo la inventé e invito a esta celebración. Veamos su definición: La filografía, es la caligrafía del corazón, cuando nuestros rostros brillan con todo lo maravilloso que hemos guardado en lo más profundo de nosotros mismos. La filografía es una habilidad ofrecida a todo ser humano, por su simple condición de ser humano. Todas y todos, estamos invitados a convertirnos en filógrafos, es decir hombres y mujeres prestos a caminar por el camino de Dios, cada quien por el camino destinado, teniendo como único objetivo el perderse, pero, perderse en Dios, en la medida en que se haya adquirido la convicción íntima de que todo aquello que se vive en el amor, se graba por siempre en el corazón de los seres amados y amantes. El arte de la filografía es la más bella escritura que nos ha sido dada para vivir, en la medida en que, el amor es ese sentimiento maravilloso que no cesa de multiplicarse a través de los encuentros, siendo cien o sesenta o treinta por uno. Dios nos creo ante todo para amar y ser amados. Nada es más importante que el amor ofrecido y el amor recibido. Y es, incluso en el corazón de nuestras propias comunidades cuando esto puede parecer, algunas veces, bien difícil de realizar. De esta suerte, esta experiencia nos conduce a descubrir la importancia, incluso, la necesidad de colocar la humildad, cualidad típicamente dominicana, en el corazón de nuestra humanidad. De esta manera, somos convidados a ser humildes, es decir, a tener una alta estima de nosotros mismos, lo que no debería ser muy difícil, pero sobre todo considerando que todo ser humano es nuestro igual. La humildad no consiste en abajarse, en humillarse, sino en estar siempre atentos a hacer salir lo mejor de aquellas y aquellos con quienes nos cruzamos en nuestra vida de predicadores. Actuando así, inscribimos la Palabra de Dios por siempre, en el fondo de los corazones. Podremos no llegar a olvidarlo nunca, todas y todos, estamos aquí “buena tierra” de Dios. Amén. |
|
Capítulo General 2007 - ORDEN DE PREDICADORES |