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FRAILES DE LA ORDEN DE PREDICADORES HOMILÍA EN LA MISA DEL 26 DE JULIO
SAN JOAQUIN Y SANTA ANA, PADRES DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA LA NUEVA FRUTA De entre el clan maltés, recayó en mí el honor de entregar esta homilía con motivo de la memoria litúrgica de los Santos Joaquín y Ana. Primero que todo, me gustaría expresar mi regocijo y el de mis compatriotas, por estar reunidos todos aquí. En cuanto a mí, esta es la primera vez que asisto a un Capítulo General como vocal. Por esta razón, no puedo hacer comparaciones con otros Capítulos. ¡Sólo puedo decir que el ambiente aquí es maravilloso! Y espero que continúe así hasta el final. Esto se debe en gran medida a la enorme cantidad de energía que estamos sintiendo fluir en nosotros en las diferentes reuniones. Esto también se debe en gran medida a la gran cantidad de esfuerzo y energía que ha sido y está siendo invertida en la organización del Capítulo: por el Maestro de la Orden y los ayudantes en Santa Sabina, por el Provincial de la Provincia de Colombia, el Prior de este convento, el Secretario General y sus ayudantes, todo el personal de traductores y todo el personal de colaboradores; no menos importante, por el grupo de estudiantes y su Maestro. Con certeza, esto es una gran fuente de alegría y de aliento para todos nosotros ver esta enorme cantidad de estudiantes presentes aquí. Con su diligencia y prontitud para atender nuestras necesidades, con su energía y la vivacidad juveniles, con su prontitud para entablar conversaciones con nosotros. Ellos hacen de nuestra estadía en Bogotá una experiencia agradable e inolvidable. Ahora volvamos a los Santos Joaquín y Ana. Para ser honesto, mi primera reacción cuando fui encomendado para preparar esta homilía fue: ¿Qué puedo decir acerca de estas dos figuras, cuyos nombres, son muy probablemente el fruto de la tradición? Sin embargo, al reflexionar acerca del papel de los padres de María en la historia de la salvación, cualquiera que fuese su nombre, me encontré frente a unos pensamientos interesantes que me gustaría compartir con ustedes esta mañana, con la esperanza de que ellos también sean de interés para ustedes. Primero que todo, teniendo en cuenta la gran influencia que todos los padres tienen en sus hijos, debemos atribuirles a los padres de María algunos de los dones que María tenía. Los padres de María debieron haber sido aquellos que la alimentaron, la educaron y la criaron. Con seguridad fue su enseñanza y ejemplo los que la ayudaron a responder con tanta fe al llamado de Dios a través del Arcángel San Gabriel. Su ejemplo de dedicación a María seguramente debió reflejarse en la crianza del niño Jesús. Fue su fe la que estableció las bases de coraje y de fortaleza que le permitieron a María soportar el dolor cuando su hijo fue crucificado y aún mantener esta fe. El recordar a los padres de María, es también en mi opinión, un recordatorio para nosotros de la dignidad que hay en el ser humano, y en toda la actividad del hombre. Dios quiso que su hijo viniese a este mundo como un ser humano concebido igual que otros seres humanos, excepto por el pecado. No hay ninguna actividad humana que Dios no puede utilizar para sus objetivos y propósitos. Pero sobre todo, el recordar a los padres de María, es para mí también el evocar el sentido de la historia presente en nuestras vidas y misión. Esto nos recuerda que estamos aquí, porque otros estuvieron antes que nosotros - ¡por que otros nos trajeron! Aparte de nuestros padres naturales, también tenemos “padres espirituales” — aquellos que nos dieron vida en la Orden y en la Familia Dominicana, algo que nunca debemos olvidar. No sólo pienso en los Provinciales que nos admitieron en la Orden, sino en aquellas personas a las que Dios les permitió nos influenciaran mucho en nuestras vidas que finalmente decidimos unirnos a ellos en la familia dominicana como hermanos, hermanas o como laicos dominicos; aquellas personas que nos formaron, cuyos ejemplos tal vez determinaron nuestras vidas. Como lo expreso en este punto, no puedo evitar referirme a los que estamos celebrando este año como familia dominicana. Los 800 años del comienzo de nuestra historia. Este es un momento de regocijo y de acción de gracias. Sin embargo, es también un momento de sentimiento, una vez más la responsabilidad que nuestra historia gloriosa coloca en nuestros hombros, particularmente en nosotros, participantes en este Capítulo General. Como Joaquín, Ana y Nuestra Señora, tenemos un historial detrás de nosotros, pero la historia no tiene que ver únicamente con el pasado, es también acerca del futuro! Nuestra historia no es solamente nuestro pasado, sino también nuestro presente, pero fundamentalmente nuestro futuro! Un futuro, el cual tenemos la responsabilidad de construir juntos… un futuro para nosotros y para aquellos que nos considerarán como sus “padres espirituales”. ¡Estamos aquí, para construir ese futuro! Por lo que hagamos, por lo que decidamos en este Capítulo, le estamos dando forma al futuro de toda nuestra Familia. Al igual que Joaquín y Ana - siempre representados en la tradición como muy ancianos cuando concibieron a María - nuestra Orden puede ser también muy antigua (800 años no son una edad joven en términos de años humanos!). Sin embargo, aunque vieja en edad, a la Orden se le pide que produzca nuevos frutos. Este es el mismo fruto que la hija de Joaquín y Ana fue escogida para soportar - la Palabra. La Palabra, vieja y nueva, es decir el Camino, la Verdad, y la Vida en sí mismos. La Palabra que es la Esperanza de la humanidad, con frecuencia relacionada únicamente con la muerte y desolación. La Palabra, que nosotros, como dominicos, hemos prometido contemplar, celebrar y compartir con otros en nuestro predicar. Nuestro futuro yace en la manera como continuemos siendo portadores de esta fruta y en nuestra habilidad para comunicarles a otros el regocijo que esta fruta pueda producir en los corazones de aquellos que la compartan. El futuro está en captar el fuego que proviene de Santo Domingo- como lo dijo alguien recientemente en forma muy bella - y como él, estar donde el pueblo está, especialmente en las líneas de ruptura — para utilizar otra expresión, esta vez, de Pierre Claverie — para compartir con ellos sus alegrías y sus penas, su esperanza y desesperación, sus aspiraciones y sus frustraciones; para aprender de ellos, para escucharlos, para caminar con ellos el camino que conduzca a cada uno a la Palabra en sí misma. Que San Joaquín, Santa Ana y la Virgen María, nuestra Señora y Reina de Colombia nos asistan con su intercesión, a medida que este Capítulo se desarrolle. |
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Capítulo General 2007 - ORDEN DE PREDICADORES |