FRAILES DE LA ORDEN DE PREDICADORES
CAPÍTULO GENERAL DE PROVINCIALES
Bogotá – 2007

HOMILÍA EN LA MISA DEL 4 DE AGOSTO
Por:
Fray Roger Gaise, O.P.
Vicario
Vicariato General del Congo

Hermanos y Hermanas

El texto de la primera lectura nos habla ampliamente sobre qué debe ser y cómo debe celebrarse un año jubilar en los judíos.

En efecto, ateniéndonos al texto leído, el jubileo debe ser un tiempo sagrado, acompañado de ciertos signos concretos que muestran qué es un año verdaderamente santo, es decir que en un sentido estricto del término debe ser un tiempo aparte,  consagrado, reservado a Dios. Lo que conlleva para el pueblo una serie de medidas de orden litúrgico-sociales.

  1. Franquicia de propiedades: En el texto Levítico, se dice esto: “Todo hombre regresará al bien que poseía” (Lv 25,10.13).  Por lo tanto, el Israelita que hubiera  enajenado    su patrimonio voluntariamente o por necesidad a un  hermano israelita o a un extranjero, entraría en posesión de ese bien y el comprador, debería abandonarlo momentáneamente.
  2. Emancipación de personas: “Cada quien regresará a su familia de origen” (Lv 25,10) Se sobrentendía que todo israelita que hubiera tenido que venderse como esclavo a otro israelita o a un extranjero, recuperaría su  libertad  el año jubilar y podría regresar a su clan con su familia. Esta prescripción se apoya sobre el siguiente hecho: todo israelita es un hombre libre, que Dios liberó sacándolo de Egipto, para hacerlo su servidor.; no puede ser esclavizado por cualquier otro  indefinidamente.
  3. El descanso de la tierra (Lv 25,11): La tierra permanecerá  un tiempo en descanso, sin siembras ni cultivos. Solamente se permitiría recolectar   los productos de la tierra,  nacidos espontáneamente y alimentarse con ellos.

Retomando esta tradición judía, la Iglesia, cada veinticinco años, propone a los cristianos un año de beneficios, un año que hace un  llamado  a una  mayor justicia social, a una justa repartición de las riquezas, a una liberación de los oprimidos, a una acción de gracia por todos  los dones de Dios, particularmente por la salvación ofrecida en Jesucristo. Pero habría que esperar el año 1.300 para que la Iglesia pudiera instituir los años jubilares. Ese año, el Papa Clemente VI fijo en 50 años la periodicidad de los años santos. El segundo jubileo fue por lo tanto programado para 1.350. Más tarde el Papa Pablo II redujo la periodicidad de los años jubilares a 25, sin perjuicio de jubileos extraordinarios. Desde entonces, se celebra regularmente.

Si quisiéramos apropiarnos del texto anterior, encontramos en él una fuerte insistencia sobre el perdón de los pecados, en el sentido en que el Jubileo debería ser declarado el día de las expiaciones, el Yom-Kippour, una de las   siete grandes fiestas religiosas de Israel, por no decir, una de las más solemnes. El Día de las Expiaciones difiere de las otras fiestas, puesto que es la única en el año que es absolutamente obligatoria. Era, igualmente una fiesta diferente, no era ni una fiesta agrícola, ni una fiesta nacional. Hacia referencia al serio tema del pecado. Era un tiempo de arrepentimiento y de ayuno. Ese día es solamente ese día, El Sumo Sacerdote entraba al “Santo de los Santos” para realizar expiación de sus propios pecados y los de todo el pueblo de Israel. Ese día, sus pecados eran borrados. De hecho, el Sumo Sacerdote con fuertes imprecaciones enviaba al desierto un cordero cargado de todos los pecados. Dicho de otra forma la celebración del Día de las Expiaciones se concentraba sobre todo en eliminar todos los pecados del año anterior. Según la ley toda persona que no lo observaba debía ser excluida del pueblo.

Hermanos y hermanas, Me permito insistir, sobre este tema del jubileo porque a lo largo de todo este Capitulo no hemos cesado de tocar el tema sobre la celebración de ciertos aniversarios: los 800 años de la fundación de la primera comunidad contemplativa (Prouilhe), los 800 años de la confirmación de la Orden (2016), los 500 años de la presencia de la Orden en las islas Caribe y en América Latina (2010), los 25 años de los mártires del Salvador y Guatemala etc. Por no citar sino aquellos de los que hemos hablado aquí. Nosotros, en el Vicariato General del Congo, dentro de cinco años (en el 2012) vamos a celebrar los 100 años de presencia dominicana en el Congo.

Estos años jubilares, ustedes lo presienten, se acompañan de un cierto número de actitudes. Siguiendo la tradición judía, por lo tanto es claro, que la celebración del jubileo exige la purificación de la memoria. La evocación de ciertos recuerdos gloriosos debe encontrarse a la par de un cierto cuestionamiento de nosotros mismos y de un cometido de solicitud de perdón por todas nuestras faltas; incluso las de nuestros padres y nuestros antepasados. En la mediada en que, la historia de la Orden y de nuestras Provincias, se encuentra llena de páginas de gloria. Existen algunas páginas oscuras, algunos periodos dolorosos. Algunas veces, alguna Provincia rechaza a otra a casusa de ciertos hechos del pasado; a veces los miembros de una misma entidad no alcanzan a valorarse a causa de todo tipo de barreras.

Ciertamente, las celebraciones de estos diferentes aniversarios deberían permitirnos decir,  que más allá de la emancipación de las personas y la franquicia de las propiedades, debemos también tomar conciencia,  del hecho de que nosotros también hemos pecado y que poseemos la firme intención de tomar un nuevo impulso apostólico y misionero. En resumen, se trata de un deseo ardiente de “partir de cero” con el fin de iniciar una nueva senda.

Hermanos y hermanas, En la medida en que, hablamos del perdón, precisamente, la liturgia nos ha propuesto uno de los más grandes poetas del perdón en la historia de la iglesia: Jean-Marie Vianney, nacido el 8 de mayo de 1786, muerto el 4 de agosto de 1859, canonizado en 1925 y proclamado en 1929 patrono de todos los curas del mundo. Enviado como cura a Ars, un pueblito en Dombes (Francía), es en el confesionario, en donde él pasa más de 15 horas al día, donde se revela a los ojos de todos como un eminente canal de la misericordia divina y como un guía espiritual. Hombres de iglesia, políticos… todos solicitan oraciones, consejos y las profecías del santo cura. Es así como durante horas, el santo hombre escucha, aconseja, apacigua o al contrario remueve conciencias.

Aún hoy, la celebración de la fiesta de Jean-Marie Vianney debería invitarnos   a modificar algunas situaciones presentes. En un ambiente socio-cultural,  en donde la presencia de Dios, no es considerada como una clave del accionar humano, puesto que,   emerge constantemente la preocupación  de no culpabilizar y de no poner freno a la libertad, nos encontramos en un contexto,   en cual,   el sentido del pecado disminuye, con una ética que relativiza la norma moral. Se requiere por el contrario de una fuerza profética excepcional, para afirmar los valores evangélicos.

Este valor, no hay duda, ha estado siempre presente en el relato evangélico, Juan Bautista no duda en denunciar públicamente el comportamiento perverso de Herodes, el príncipe de Galilea. Lo que provoca la antipatía y el odio de parte de Herodes. Con este hecho, Juan Bautista nos recuerda hoy, que la palabra de Dios que anunciamos, debe inquietar las conciencias, debe perturbar, debe sacudir nuestras formas de obrar. ¿Cómo es posible escuchar la palabra de Dios y continuar nuestro tren de vida habitual?  ¿Cómo participar verdaderamente en la eucaristía y aferrarnos a ciertos comportamientos?

 

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