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FRAILES DE LA ORDEN DE PREDICADORES HOMILÍA EN LA MISA DEL 3 DE AGOSTO
El mes de julio fue el momento en que muchos de nosotros celebramos nuestra fiesta nacional. Comenzando con Canadá el día 1, y terminando con Perú el día 28. Entre estas dos fechas, Estados Unidos celebró su fiesta el día 4 de julio, Venezuela el día 5, Argentina el día 9, Francia el día 14, Bélgica el día 21, y la liberación de Polonia el día 22. Y por supuesto tuvimos la espléndida celebración de la independencia de Colombia el día 20 de Julio, con banderas ondeando al viento, canciones patrióticas, bailes de fiesta, e incluso me atrevería a decir, con una deliciosa batalla entre los soldados coloniales y el ejército de la madre España. Ciertamente fue un día muy especial, un momento sagrado en que nuestros hermanos colombianos miraron al pasado no simplemente para recordar quienes eran ellos entonces, sino también para ver quienes son ellos ahora, en la medida en que se esfuerzan por permanecer fieles a la visión de una libertad y de una justicia real tal como prometía su revolución. Lo mismo sucedió con nuestros hermanos y hermanas judíos cuando celebraban sus tiempos sagrados, sus lugares sagrados, su poderosa experiencia de la presencia y de la acción de Dios en sus vidas. Para ellos el pasado no era algo que estaba muerto y sepultado, un artefacto que había que excavar y descubrir como una ruina antigua, sino que era algo vital, activo y dinámico. Para ellos las grandes fiestas descritas en el Levítico, la fiesta de Pascua, o la fiesta de los panes ácimos, o la fiesta de Pentecostés que la identificaban con la fiesta de los primeros frutos y la entrega de la ley, el día de la Reparación y la fiesta de las Tiendas, que ahora llamamos Rosh Shanah, eran más que recuerdos de cómo Dios les había protegido y les había rescatado en el pasado. Eran nuevas oportunidades para experimentar de nuevo la acción salvadora de su Señor. En estas grandes fiestas y celebraciones, Dios estaba luchando de nuevo con el Faraón, dándoles de nuevo la Ley, perdonándoles de nuevo sus pecados. Cuando cada año comían el pan ácimo, o consumían el cordero asado y las hierbas amargas, y proclamaban que su padre era un Arameo errante generación tras generación, el pasado se revivía en el presente. Aún cuando esta historia celebraba un pasado que dio origen al presente, también les dirigía hacia un futuro, hacia las promesas hechas por Dios a sus padres, una visión que quedó incompleta, aunque les atrajera como un imán hacia su cumplimiento. Para nuestros antepasados en la fe, sus celebraciones evocaban el pasado, daban sentido al presente y anticipaban el futuro. Sin dichas celebraciones, sin este sentido de su historia tan rica y tan viva, sin un sentido del tiempo sagrado, estamos en peligro de ser condenados a tener una visión muy estrecha y muy pobre del presente, un presente que llevó a los habitantes de Nazareth a no reconocer a Jesús como quien El era, ya que no fueron capaces de superar su experiencia limitada y su conocimiento superficial de El, como simplemente el hijo del carpintero. Es por esto, hermanos, que como cristianos también nosotros nos agarramos a nuestro propio sentido del tiempo y del espacio sagrado. Ya que en nuestras celebraciones, no sólo recordamos al Cristo crucificado y resucitado, sino que en ellas encontramos también nuestra identidad actual y nuestra esperanza futura. La salvación que Jesús nos consiguió con su vida, su enseñanza, su curación, su muerte y su resurrección es algo más que un acontecimiento que encontramos en los textos antiguos de la Escritura. Como cristianos creemos que Jesús está en medio de nosotros. El Cristo resucitado está presente entre nosotros, donde el continúa enseñando, curando, sufriendo y resucitando en este su cuerpo que es la Iglesia. Aún cuando está presente, Cristo por el poder de su Espíritu Santo nos impulsa hacia el futuro con esperanza, con energía y con fuerza porque él está con nosotros todos los días, incluso hasta el fin del mundo. Cuando nosotros como cristianos celebramos nuestros tiempos y nuestros espacios sagrados , cuando entramos en el misterio pascual de Cristo crucificado y resucitado, durante el Triduo Sagrado, o en los domingos, o en la Eucaristía de cada día, nos damos cuenta de un pasado que se abre paso en el presente y conduce hacia el futuro, un misterio que nosotros proclamamos con fe y con esperanza firme cuando decimos, Cristo ha muerto en el pasado, Cristo ha resucitado en el presente y Cristo volverá de nuevo en el futuro. Del mismo modo que nosotros como cristianos tenemos nuestros tiempos y espacios sagrados, así también como dominicos tenemos nuestro propio sentido del tiempo y del espacio sagrado. Este Capítulo General de Bogotá es uno de estos tiempos y de estos lugares. Aquí recordamos a Santo Domingo y la visión que el y nuestros primeros hermanos tuvieron para la Orden. Aquí en Bogotá, Santo Domingo y su visión toman vida una vez más, a medida que nosotros luchamos para encontrar cómo podemos continuar del mejor modo posible la misión de predicar y enseñar, no como personas individuales sino como comunidad de hermanos, que se nutren de la oración y del amor al estudio. En este tiempo sagrado y en este espacio sagrado, Santo Domingo, vive de nuevo y respira y nos señala el futuro, ayudándonos a reconocer los desafíos reales y las dificultades que tenemos que afrontar como Orden, aún cuando el nos imparte un sentido extraordinario de confianza y de esperanza, una esperanza que nosotros recordamos en la oración que cantamos cada día en Vísperas, O Spem miram, Oh Maravillosa esperanza. Que Santo Domingo que nos inspiró y nos reunió como una sola Orden en el pasado, que continua entre nosotros en la misión de predicación y en la vida común de toda la Orden, nos empuje hacia delante para cumplir en nuestro tiempo la visión que tuvo en Fanjeaux, de un mundo inflamado por la luz de nuestro Señor Jesucristo! |
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Capítulo General 2007 - ORDEN DE PREDICADORES |